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    The Poems of Octavio Paz

    Page 30
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      The names that name it say: nothing,

      double-edged word, word between two hollows.

      Its house, built on air

      with bricks of fire and walls of water,

      constructs and destructs and is the same

      from the beginning. It is god:

      it inhabits the names that deny it.

      In the conversations with the fig tree

      or in the pauses of speech,

      in the conjuration of the images

      against my closed eyelids,

      in the delirium of the symmetries,

      the quicksands of insomnia,

      the dubious garden of memory,

      or in the rambling paths,

      it was the eclipse of the clarities.

      It appeared in every form

      of vanishing.

      Bodiless god,

      my senses named it

      in the languages of the body.

      I wanted to name it

      with a solar name,

      a word without reverse.

      I exhausted the dice box and ars combinatoria.

      A rattle of dried seeds,

      the broken letters of names:

      we have crushed names,

      we have scattered names,

      we have dishonored names.

      Since then, I have been in search of the name.

      I followed a murmur of languages,

      rivers between rocks

      color ferrigno of these times.

      Pyramids of bones, rotting-places of words:

      our masters are garrulous and bloodthirsty.

      I built with words and their shadows

      a movable house of reflections,

      a walking tower, edifice of wind.

      Time and its combinations:

      the years and the dead and the syllables,

      different accounts from the same account.

      Spiral of echoes, the poem

      is air that sculpts itself and dissolves,

      a fleeting allegory of true names.

      At times the page breathes:

      the swarm of signs, the errant

      republics of sounds and senses,

      in magnetic rotation link and scatter

      on the page.

      I am where I was:

      I walk behind the murmur,

      footsteps within me, heard with my eyes,

      the murmur is in the mind, I am my footsteps,

      I hear the voices that I think,

      the voices that think me as I think them.

      I am the shadow my words cast.

      Mexico City and Cambridge, Mass.

      September 9–December 27, 1974

      * * * *

      Pasado en claro

      Oídos con el alma,

      pasos mentales más que sombras,

      sombras del pensamiento más que pasos,

      por el camino de ecos

      que la memoria inventa y borra:

      sin caminar caminan

      sobre este ahora, puente

      tendido entre una letra y otra.

      Como llovizna sobre brasas

      dentro de mí los pasos pasan

      hacia lugares que se vuelven aire.

      Nombres: en una pausa

      desaparecen, entre dos palabras.

      El sol camina sobre los escombros

      de lo que digo, el sol arrasa los parajes

      confusamente apenas

      amaneciendo en esta página,

      el sol abre mi frente, balcón al voladero

      dentro de mí.

      Me alejo de mí mismo,

      sigo los titubeos de esta frase,

      senda de piedras y de cabras.

      Relumbran las palabras en la sombra.

      Y la negra marea de las sílabas

      cubre el papel y entierra

      sus raíces de tinta

      en el subsuelo del lenguaje.

      Desde mi frente salgo a un mediodía

      del tamaño del tiempo.

      El asalto de siglos del baniano

      contra la vertical paciencia de la tapia

      es menos largo que esta momentánea

      bifurcación del pensamiento

      entre lo presentido y lo sentido.

      Ni allá ni aquí: por esa linde

      de duda, transitada

      sólo por espejeos y vislumbres,

      donde el lenguaje se desdice,

      voy al encuentro de mí mismo.

      La hora es bola de cristal.

      Entro en un patio abandonado:

      aparición de un fresno.

      Verdes exclamaciones

      del viento entre las ramas.

      Del otro lado está el vacío.

      Patio inconcluso, amenazado

      por la escritura y sus incertidumbres.

      Ando entre las imágenes de un ojo

      desmemoriado. Soy una de sus imágenes.

      El fresno, sinüosa llama líquida,

      es un rumor que se levanta

      hasta volverse torre hablante.

      Jardín ya matorral: su fiebre inventa bichos

      que luego copian las mitologías.

      Adobes, cal y tiempo:

      entre ser y no ser los pardos muros.

      Infinitesimales prodigios en sus grietas:

      el hongo duende, vegetal Mitrídates,

      la lagartija y sus exhalaciones.

      Estoy dentro del ojo: el pozo

      donde desde el principio un niño

      está cayendo, el pozo donde cuento

      lo que tardo en caer desde el principio,

      el pozo de la cuenta de mi cuento

      por donde sube el agua y baja

      mi sombra.

      El patio, el muro, el fresno, el pozo

      en una claridad en forma de laguna

      se desvanecen. Crece en sus orillas

      una vegetación de transparencias.

      Rima feliz de montes y edificios,

      se desdobla el paisaje en el abstracto

      espejo de la arquitectura.

      Apenas dibujada,

      suerte de coma horizontal ( )

      entre el cielo y la tierra,

      una piragua solitaria.

      Las olas hablan nahua.

      Cruza un signo volante las alturas.

      Tal vez es una fecha, conjunción de destinos:

      el haz de cañas, prefiguración del brasero.

      El pedernal, la cruz, esas llaves de sangre

      ¿alguna vez abrieron las puertas de la muerte?

      La luz poniente se demora,

      alza sobre la alfombra simétricos incendios,

      vuelve llama quimérica

      este volumen lacre que hojeo

      (estampas: los volcanes, los cúes y, tendido,

      manto de plumas sobre el agua,

      Tenochtitlan todo empapado en sangre).

      Los libros del estante son ya brasas

      que el sol atiza con sus manos rojas.

      Se rebela mi lápiz a seguir el dictado.

      En la escritura que la nombra

      se eclipsa la laguna.

      Doblo la hoja. Cuchicheos:

      me espían entre los follajes

      de las letras.

      Un charco es mi memoria.

      Lodoso espejo: ¿dónde estuve?

      Sin piedad y sin cólera mis ojos

      me miran a los ojos

      desde las aguas turbias de ese charco

      que convocan ahora mis palabras.

      No veo con los ojos: las palabras

      son mis ojos. Vivimos entre nombres;

      lo que no tiene nombre todavía

      no existe: Adán
    de lodo,

      no un muñeco de barro, una metáfora.

      Ver al mundo es deletrearlo.

      Espejo de palabras: ¿dónde estuve?

      Mis palabras me miran desde el charco

      de mi memoria. Brillan,

      entre enramadas de reflejos,

      nubes varadas y burbujas,

      sobre un fondo del ocre al brasilado,

      las sílabas de agua.

      Ondulación de sombras, visos, ecos,

      no escritura de signos: de rumores.

      Mis ojos tienen sed. El charco es senequista:

      el agua, aunque potable, no se bebe: se lee.

      Al sol del altiplano se evaporan los charcos.

      Queda un polvo desleal

      y unos cuantos vestigios intestados.

      ¿Dónde estuve?

      Yo estoy en donde estuve:

      entre los muros indecisos

      del mismo patio de palabras.

      Abderramán, Pompeyo, Xicoténcatl,

      batallas en el Oxus o en la barda

      con Ernesto y Guillermo. La mil hojas,

      verdinegra escultura del murmullo,

      jaula del sol y la centella

      breve del chupamirto: la higuera primordial,

      capilla vegetal de ritüales

      polimorfos, diversos y perversos.

      Revelaciones y abominaciones:

      el cuerpo y sus lenguajes

      entretejidos, nudo de fantasmas

      palpados por el pensamiento

      y por el tacto disipados,

      argolla de la sangre, idea fija

      en mi frente clavada.

      El deseo es señor de espectros,

      el deseo nos vuelve espectros:

      somos enredaderas de aire

      en árboles de viento,

      manto de llamas inventado

      y devorado por la llama.

      La hendedura del tronco:

      sexo, sello, pasaje serpentino

      cerrado al sol y a mis miradas,

      abierto a las hormigas.

      La hendedura fue pórtico

      del más allá de lo mirado y lo pensado:

      allá dentro son verdes las mareas,

      la sangre es verde, el fuego verde,

      entre las yerbas negras arden estrellas verdes:

      es la música verde de los élitros

      en la prístina noche de la higuera;

      —allá dentro son ojos las yemas de los dedos,

      el tacto mira, palpan las miradas,

      los ojos oyen los olores;

      —allá dentro es afuera,

      es todas partes y ninguna parte,

      las cosas son las mismas y son otras,

      encarcelado en un icosaedro

      hay un insecto tejedor de música

      y hay otro insecto que desteje

      los silogismos que la araña teje

      colgada de los hilos de la luna;

      —allá dentro el espacio

      es una mano abierta y una frente

      que no piensa ideas sino formas

      que respiran, caminan, hablan, cambian

      y silenciosamente se evaporan;

      —allá dentro, país de entretejidos ecos,

      se despeña la luz, lenta cascada,

      entre los labios de las grietas:

      la luz es agua, el agua tiempo diáfano

      donde los ojos lavan sus imágenes;

      —allá dentro los cables del deseo

      fingen eternidades de un segundo

      que la mental corriente eléctrica

      enciende, apaga, enciende,

      resurrecciones llameantes

      del alfabeto calcinado;

      —no hay escuela allá dentro,

      siempre es el mismo día, la misma noche siempre,

      no han inventado el tiempo todavía,

      no ha envejecido el sol,

      esta nieve es idéntica a la yerba,

      siempre y nunca es lo mismo,

      nunca ha llovido y llueve siempre,

      todo está siendo y nunca ha sido,

      pueblo sin nombre de las sensaciones,

      nombres que buscan cuerpo,

      impías transparencias,

      jaulas de claridad donde se anulan

      la identidad entre sus semejanzas,

      la diferencia en sus contradicciones.

      La higuera, sus falacias y su sabiduría:

      prodigios de la tierra

      —fidedignos, puntuales, redundantes—

      y la conversación con los espectros.

      Aprendizajes con la higuera:

      hablar con vivos y con muertos.

      También conmigo mismo.

      La procesión del año:

      cambios que son repeticiones.

      El paso de las horas y su peso.

      La madrugada: más que luz, un vaho

      de claridad cambiada en gotas grávidas

      sobre los vidrios y las hojas:

      el mundo se atenúa

      en esas oscilantes geometrías

      hasta volverse el filo de un reflejo.

      Brota el día, prorrumpe entre las hojas,

      gira sobre sí mismo

      y de la vacuidad en que se precipita

      surge, otra vez corpóreo.

      El tiempo es luz filtrada.

      Revienta el fruto negro

      en encarnada florescencia,

      la rota rama escurre savia lechosa y acre.

      Metamorfosis de la higuera:

      si el otoño la quema, su luz la transfigura.

      Por los espacios diáfanos

      se eleva descarnada virgen negra.

      El cielo es giratorio lapislázuli:

      viran au ralenti sus continentes,

      insubstanciales geografías.

      Llamas entre las nieves de las nubes.

      La tarde más y más de miel quemada.

      Derrumbe silencioso de horizontes:

      la luz se precipita de las cumbres,

      la sombra se derrama por el llano.

      A la luz de la lámpara—la noche

      ya dueña de la casa y el fantasma

      de mi abuelo ya dueño de la noche—

      yo penetraba en el silencio,

      cuerpo sin cuerpo, tiempo

      sin horas. Cada noche,

      máquinas transparentes del delirio,

      dentro de mí los libros levantaban

      arquitecturas sobre una sima edificadas.

      Las alza un soplo del espíritu,

      un parpadeo las deshace.

      Yo junté leña con los otros

      y lloré con el humo de la pira

      del domador de potros;

      vagué por la arboleda navegante

      que arrastra el Tajo turbiamente verde:

      la líquida espesura se encrespaba

      tras de la fugitiva Galatea;

      vi en racimos las sombras agolpadas

      para beber la sangre de la zanja:

      «mejor quebrar terrones

      por la ración de perro del labrador avaro

      que regir las naciones pálidas de los muertos»;

      tuve sed, vi demonios en el Gobi;

      en la gruta nadé con la sirena

      (y después, en el sueño purgativo,

      fendendo i drappi, e mostravami ’l ventre,

      quel mi svegliò col puzzo che n’uscia);

      grabé sobre mi tumba imaginaria:

      «no muevas esta lápida,

      soy rico sólo en huesos»;

      aquellas memorables

      pecosas peras encontradas

      en la cesta verbal de Villaurrutia;

      Carlos Garrote, eterno medio hermano,


      «Dios te salve», me dijo al derribarme

      y era, por los espejos del insomnio

      repetido, yo mismo el que me hería;

      Isis y el asno Lucio; el pulpo y Nemo;

      y los libros marcados por las armas de Príapo,

      leídos en las tardes diluviales

      el cuerpo tenso, la mirada intensa.

      Nombres anclados en el golfo

      de mi frente: yo escribo porque el druida,

      bajo el rumor de sílabas del himno,

      encina bien plantada en una página,

      me dio el gajo de muérdago, el conjuro

      que hace brotar palabras de la peña.

      Los nombres acumulan sus imágenes.

      Las imágenes acumulan sus gaseosas,

      conjeturales confederaciones.

      Nubes y nubes, fantasmal galope

      de las nubes sobre las crestas

      de mi memoria. Adolescencia,

      país de nubes.

      Casa grande,

      encallada en un tiempo

      azolvado. La plaza, los árboles enormes

      donde anidaba el sol, la iglesia enana

      —su torre les llegaba a las rodillas

      pero su doble lengua de metal

      a los difuntos despertaba.

      Bajo la arcada, en garbas militares,

      las cañas, lanzas verdes,

      carabinas de azúcar;

      en el portal, el tendejón magenta:

      frescor de agua en penumbra,

      ancestrales petates, luz trenzada,

      y sobre el zinc del mostrador,

      diminutos planetas desprendidos

      del árbol meridiano,

      los tejocotes y las mandarinas,

      amarillos montones de dulzura.

      Giran los años en la plaza,

      rueda de Santa Catalina,

      y no se mueven.

      Mis palabras,

      al hablar de la casa, se agrïetan.

      Cuartos y cuartos, habitados

      sólo por sus fantasmas,

      sólo por el rencor de los mayores

      habitados. Familias,

      criaderos de alacranes:

      como a los perros dan con la pitanza

      vidrio molido, nos alimentan con sus odios

      y la ambición dudosa de ser alguien.

      También me dieron pan, me dieron tiempo,

      claros en los recodos de los días,

      remansos para estar solo conmigo.

      Niño entre adultos taciturnos

      y sus terribles niñerías,

      niño por los pasillos de altas puertas,

      habitaciones con retratos,

      crepusculares cofradías de los ausentes,

      niño sobreviviente

      de los espejos sin memoria

      y su pueblo de viento:

      el tiempo y sus encarnaciones

      resuelto en simulacros de reflejos.

      En mi casa los muertos eran más que los vivos.

      Mi madre, niña de mil años,

     


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